Nosotros y el Miedo

Europa y toda la democracia están sufriendo duramente el impacto de un virus el Coravid-19 que estaba anunciado, pero que ha resultado inesperado en sus devastadores efectos sociales y económicos. Estamos contra las cuerdas, sí, pero no estamos vencidos. Padecemos el desarrollo exponencial de una enfermedad que se ha incubado masivamente antes de adoptar medidas muy restrictivas porque somos sociedades libres que no están acostumbradas, afortunadamente, a la disciplina y las prácticas de confinamiento.

Sin embargo, estas duras normas se han revelado necesarias y oportunas y al servicio de la seguridad con regulaciones extraordinarias que sacrifican la libertad de todos. Y llegará el momento de centrarse en el juicio o consideraciones oportunas al respecto y muy en concreto si ha faltado capacidad de respuesta adecuada a todos los niveles.

Lo que, si es cierto y queda bien claro y de manifiesto el posible secuestro de información de un país, la China, que minimizó durante semanas los efectos de la expansión del nefasto virus. A continuación, habría que añadir la incapacidad de todos los países europeos en ofrecer un verdadero liderazgo que sumara esfuerzos y los llegara a coordinar en una batería de resoluciones prácticas y huérfanas de demagogia, en base a una estrategia conjunta.

Esta pandemia se nos ha presentado agazapada detrás de los hábitos de convivencia de sociedades acostumbradas a una estructura cotidiana de libertad, que descansa sobre la responsabilidad de cada uno. Sin darnos cuenta del valor de estas estructuras sociales que tomamos como habituales, sin haber aprendido a valorar lo que ha costado llegar a ellas.

Una libertad que es difícil de retirar y que cuesta limitar y disciplinar. Entre otras cosas porque nuestra historia es, en parte, y en especial en el mundo mediterráneo, un esfuerzo de generaciones por liberarnos de instituciones de poder basadas en la culpa y la disciplina moral.

Las normas de conducta impuestas por el confinamiento y las medidas extremas de que se ve obligado el estado, deben ser tomadas por la ciudadanía como necesarias, pero de carácter solo eventual y de corto recorrido. Pagamos ahora desgraciadamente con nuestra salud el precio de no estar acostumbrados a vivir dentro de una sociedad autoritaria como la que sufrimos hace cuarenta años de tipo cuartel o de convento de clausura con el franquismo. Algo que no debemos olvidar si no queremos socavar las bases morales sobre las que se asienta nuestra ­arquitectura democrática.

Lo que hay que evitar a partir de ahora es el neofascismo, esa terrible bestia que acecha siempre en épocas de crisis como la que se nos viene encima, englobada en la pospandemia.

Hay que vigilar en las redes sociales un naciente relato antisistema que vuelva a enfatizar y poner encima de la mesa la necesidad de fronteras y de estados fuertes. El objetivo de esa corte de psicópatas intelectuales de la represión social y el oscurantismo es el restablecimiento de ordenes sociales con salvadores patrios que busquen demagógicamente culpables. Una apología del orden y la seguridad que habrá que combatir haciendo pedagogía que convenza a la sociedad de que los riesgos globales se resuelven con más ­gobernanza global y más libertad.

Es el momento de perder el miedo, este miedo del que ya los clásicos nos advertían en palabras de Epicteto: Hay que temer al mismo miedo. Y convencernos de que el natural miedo, es un sentimiento digno del hombre inteligente, pero dominarlo es su obligación y deber. Ser libre del miedo no debe de ser una aspiración, sino una realidad. La lucha contra el miedo o contra nuestros miedos se lleva a cabo con esfuerzo, porque el miedo es una emoción tan intensa, que requiere de todo nuestro poder interior para dominarlo, para vencerlo, para desterrarlo.

Josep-Lluís Domènech

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