La Alquimia de la Lectura

LA ALQUIMIA DE NUESTROS LIBROS

Desde que nos hemos acostumbrado a vernos confinados en nuestros hogares por la pandemia inmisericorde que nos ha visitado, una serie de instrumentos tecnológicos que ya disponíamos y que posiblemente habían estado relativizados a nivel general, nos han prestado ayuda y auxilio a mantenernos unidos tanto a nivel familiar, social y también en el ámbito masónico.

Detrás nuestro, como decorado ecléctico individual y personal, en estos encuentros telemáticos hemos podido observar peculiaridades que pueden resultar interesantes de familiares, amigos y Hermanos. Estos rasgos y singularidades nos han mostrado un extenso abanico de variadas facetas, entre las cuales han desfilado para solaz o muda diatriba y quizás injusta -lo reconozco- fondos de playas desiertas y paradisiacas, cuadros que nos acompañan en el día a día familiar, estanterías con archivadores de trabajo inexcusables de los despachos laborales y también las estanterías de libros que con el paso del tiempo hemos ido atesorando.

A esas últimas quisiera referirme en estas líneas, en un país que por desgracia la práctica de la lectura no se prodiga como debiera, y en donde cuatro de cada diez españoles son inmunes a los encantos del libro.

Ahora en algunos foros, se ha destapado una crítica jesuítica en contra de supuestos decorados de pretendida cultura bibliófila. Tal vez, en algunos casos estos insospechados y recientes tribunales, con perfume de la mas rancia y medieval inquisición y preservadores de no sé que legitimas esencias, critican los libros detrás de los participantes en estas conferencias.

Es posible que en algunos casos puedan tener razón. Pero a parte de haber tenido su “momento de gloria” por su dudosa acidez y sagacidad periodística, creo sinceramente que son mayormente inadecuados.

En primer lugar, porque la mayoría de los ciudadanos que usamos estas herramientas tecnológicas, lo hacemos desde los lugares en donde están enclavados los ordenadores y que mayormente pueden ser vecinos de comunidad permanente con los libros, o parte de ellos con los que nos hemos formado. En segundo término, porque de buen seguro nos sentimos pertrechados simbólicamente por ellos, sin ningún atisbo de altivez pseudoliteraria, y hasta si me forzáis, con noble y poco afectado orgullo.

Y como colofón y defensa a los que no nos sabe mal que los libros estén detrás nuestro, en las muchas reuniones que he mantenido con mis Hermanos y Hermanas, he podido constatar que un buen numero de ellos ha sabido combinar esa costumbre de clásicos anaqueles con libros, con fondos neutros o alusivos a los temas tratados.

Pero vayamos a lo que yo considero alquimia de los libros, de nuestros libros. Alguien llegó a decir: “Un día leí un libro y mi vida entera cambió”. La frase puede ser ingeniosa, verdadera y que pueda pretender cooptar a nuestra sociedad, – a la cité como la definen los franceses cultos- a la apreciada lectura.

Los libros importantes de nuestra vida nos acompañan siempre. Los releemos y los llegamos a ver con otros ojos en función de la edad. Han tenido que transcurrir muchos años desde que la escritura una vez inventada se hiciera extensible a todos nosotros.

Sobre este aspecto a todos los que nos gusta leer y aprender continuadamente, -que tiene que ser el buque insignia de la Masonería de los masones y masonas- nos viene a recordar que la mayoría de las veces, esa bendita costumbre se la debemos a nuestros padres, familia y amigos. Aunque la lectura la descubre uno mismo, cuando uno se queda frente a un libro y su soledad desaparece y en lugar del aburrimiento y la televisión, encuentra una grata y eterna compañía.

Algunos comentan: “Los libros son mis amigos impresos que quiero que saluden a quienes, en carne y hueso, (y ahora telemáticamente) me visiten. Cumplieron y cumplen como mis dioses protectores y dicen aún hoy, con orgullo silencioso, pero no menos elocuente, quién soy –y mucho más importante– a quién quiero por compañía”.

Los libros, esos libros que no saben que quien los leemos y queremos existimos, como decía Borges, nos acompañan de un modo más real que todas las llamadas que hemos realizado y recibido en estos días encerrados con poca cosa más que muchas neuras, bastante inquietud y un móvil en la mano.

Yo sí sé que existen. Además, me han enseñado cosas que, lamentablemente, no sabemos siempre aplicar, aunque lo intentemos. No somos, creo, mejores gracias a los libros, pero somos, sin duda, mucho menos peor gracias a ellos.

Los libros nos enseñan a callar y paladear el silencio (masónico), nos enseñan a enmudecer sabiamente y callan. Los libros y leer nos hacen. Los libros, en definitiva, nos forman. Están ­hechos de árboles que tenían fibra. Y, por un acto de alquimia, ahora son también ellos nuestra fibra.

Pero, merced a nuestras lecturas, nos apartamos del vulgo que prefiere el ruido profano y desprecia las lecturas, y ahí comienza la ALQUIMIA, “Todo lo valioso ha de permanecer bien guardado y protegido. El Telesma, como talismán protector de lo misterioso, aparece ya en las más antiguas versiones de la Tabula Smaradigna, y como bien expresaba el aforismo arcano: ¿Quien podrá entender…? Aquel que merezca la revelación. Conviene ocultar el Arte a los locos y sugerirlo a los sabios, pues de otro modo, sería cosa de condenación”.

Josep-Lluís Domènech Gómez

 

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Autor: admin

Francmason adscrito a la Gran Logia Simbólica Española, miembro de la R.L. Acacia al Oriente de Barcelona. Miembro del Supremo Consejo Masónico de España 30º. Escritor. Libros Publicados: El Venerable Maestro, El Silencio Masónico, Los Oficios de la Logia, Manual de Procedimientos Operativos de Logia, Logia de Perfección, Capítulo Rosacruz, Príncipe del Tabernáculo, Rituales de los Altos Grados del REAA

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